N O T I C I A S:

OPINIÓN. El quid del asunto, por Juan José Garrido

domingo, 22 de enero de 2017

 El quid del asunto, por Juan José Garrido (Perú 21)
Según un nuevo reporte de Oxfam, “tan solo 8 personas poseen la misma riqueza que 3,600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad”. La cifra, de ser cierta, es brutal, y llama a una serie de especulaciones. Oxfam, como imaginarán, no se queda atrás en estas. Para ellos, el incremento de la desigualdad hace las cosas “insostenibles” y llaman a evitar el desastre. ¿Cómo? He ahí el quid del asunto.
Oxfam se promociona como un colectivo de ONG dedicadas a promover derechos fundamentales y a reducir la pobreza. Pero, en su retórica, los pobres son una excusa para luchar contra un enemigo: el capitalismo. Al revisar “las causas de la desigualdad”, en dicho reporte, las mismas subrayan: “Las grandes empresas al servicio de los más ricos”, “ahogando a los trabajadores y a los pequeños productores”, “evasión y elusión fiscal”, “capitalismo cortoplacista: el dividendo manda”, y así.
Quien haya escrito el mamotreto no entiende, pero ni de cerca, cómo funciona el modelo capitalista. Peor aun, ignora los increíbles beneficios que la humanidad ha percibido gracias a su desarrollo durante los últimos doscientos años (hecho innegable y desapercibido en el “estudio”).
Antes de profundizar en sus yerros, solo un apunte histórico. A lo largo de los últimos 2,000 años, los hombres más ricos han sido, hasta hace tan solo 180 años, siempre los mismos. En una nota titulada “Los 10 hombres más ricos de todos los tiempos”, publicada por la revista Time en julio de 2015, observamos un patrón similar hasta 1830: Mansa Musa (quien dicen fue tan rico que nadie puede calcular su riqueza), rey de Timbuktu allá por el año 1300; Augusto, emperador de Roma en los tiempos de Cristo; Shenzong, emperador de China a fines del siglo XI; Akbar, emperador mongol y de la India (su riqueza se calculó en ¡25% del PBI global de entonces!); Stalin, dictador de Rusia; Alan Rufus, conde de Richmond y uno de los conquistadores de Inglaterra; y Gengis Kan, emperador del Imperio mongol. ¿Reconocen el patrón? Emperadores, reyes, condes, dictadores… y, sin embargo, ni un empresario. ¿Los tres que terminan la lista? Bill Gates, John Rockefeller y Andrew Carnegie, todos empresarios norteamericanos. Pero los tres, desde 1830. Hay un antes y un después.
La reciente lista de Oxfam está compuesta, por el contrario, solo de empresarios. Y salvo por el mercantilista Carlos Slim, el resto de esos multimillonarios han creado su fortuna haciéndoles la vida más simple a los ciudadanos del mundo: a los empresarios grandes y chicos, a los estudiantes, a los científicos, a los independientes, en fin, a todo aquel que haya consumido o aprovechado alguno de sus productos o servicios. El capitalismo se basa, en lo sustancial, en satisfacer las necesidades de los consumidores en masa, y para ello aprovechan la escala, las mejoras tecnológicas, mejoras en gestión, en productividad, en fin, palancas que hacen más accesibles productos y servicios a miles de millones de ciudadanos. Crean riqueza generando ahorros y mayores ingresos (que es otra forma de generar riqueza).
El problema del sistema no es la ascensión de empresarios en la escalera de la riqueza, sino cuando a dicha escalera se le imponen trabas para que otros suban, o cuando quién sube (y quién baja) por la misma es decidido por el poder político, y no por los méritos o acuerdos en el mercado. Léase, cuando el sistema capitalista muta a uno mercantilista, cuando los ganadores no los decide el consumidor (vía el mercado) sino un burócrata (vía una corruptela).
Para Oxfam, y este es el quid del asunto, la solución a todos los problemas reside en lo que ellos llaman “una economía humana”, donde los gobiernos trabajan por los más necesitados, cooperan entre sí, las empresas operan en beneficio de la humanidad, la riqueza fluye de acuerdo al trabajo (¿en serio?, ¿de nuevo debatiremos a Marx?), y así. Estas propuestas no son, como sabemos, nuevas; de hecho, han sido puestas en práctica múltiples veces, siempre con los mismos resultados: mayor peso del Estado, menores libertades de todo tipo, menores incentivos a la innovación y producción.
Este documento, más que un estudio, es un panfleto político. Y si de eso se trata, vayamos a la pregunta clave: ¿qué clase de sistema político-económico preferimos?, ¿uno en el que la riqueza se obtiene a través de la fuerza de las milicias o del poder político, como hasta hace 180 años, o uno que favorece al que usa el mercado, proveyendo a otros de soluciones y, en el camino, haciendo a todos más ricos?
Comparte este artículo en :
 

© Copyright radioperuinka 2016 | Director General Periodista Julinho Aguirre Soto | |Lima Perú.