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José de Ribera: el dibujante divino

lunes, 13 de febrero de 2017

Le decían El Españoleto por su tamaño, acento y porque firmaba sus cuadros reivindicando su origen: “Jusepe de Ribera, español”. Desarrolló toda su carrera en Italia y sabemos que en su juventud llevó una vida licenciosa, que huyó de Roma debido a sus deudas y que en Nápoles se casó con la hija del pintor Giovanni Azzolini. Fue a partir de entonces que comenzó su época de esplendor y hoy la historia le ha reservado un lugar junto a Velázquez, Murillo y Zurbarán. Su obra fue tan conocida que impresionó a Rembrandt y su influencia se dejó sentir en el arte de las colonias españolas en el Nuevo Mundo. Hoy, el Museo del Prado le rinde homenaje con una exposición, en la que da a conocer también al gran dibujante que era, llamada “Ribera: maestro del dibujo”, bajo la curaduría de Gabriele Finaldi, director de la Galería Nacional de Londres.
EL TENEBRISMO
José de Ribera (1591-1652) era de origen valenciano. No es posible afirmar que estudió pintura en su país natal pero lo cierto es que en 1610 ya se encontraba en Nápoles y es posible que allí conociera a Caravaggio, el pintor que estaba revolucionando el arte con su mirada sombría y realista. Cierto o no, la influencia que ejerce el italiano sobre el español es innegable. “Su estilo sigue muy de cerca las características del tenebrismo caravaggiesco, tanto en forma como en contenido; sin embargo, crea un modo de pintar diferente y una iconografía religiosa con gran repercusión”, apunta Teresa Pérez Jofre en su catálogo “Grandes obras del museo Thyssen-Bornemisza”.

Ribera se desprende de sus influencias y crea un universo pictórico por sí mismo. Pero son sus dibujos los que reflejan una personalidad más compleja. “Los biógrafos del artista lo describen como un dibujante empedernido, algo inusual entre los pintores caravaggistas, que no solían practicar el dibujo”, señala el texto que acompaña la muestra en el Museo del Prado. “Hoy se conocen casi 160 dibujos de su mano que se pueden fechar entre la primera mitad de la década de 1610 y el final de su vida, de los cuales solo unos pocos son estudios preparatorios para pinturas o estampas, mientras que la mayoría son fruto de la observación de la figura humana o de su imaginación”.
LOS DIBUJOS
Basta con asomarnos a las primeras salas que componen la exhibición de sus dibujos, para aproximarnos a un talento extraordinario. Primero, a través de los pocos bocetos que realizó para grandes lienzos. Luego, al contemplar la genialidad de sus apuntes y composiciones sobre papel. La muestra divide las obras expuestas por épocas y temas: santos y mártires, dioses y héroes, castigo y tortura, etc. Y en cada una de las secciones podemos entender la exigencia tremenda que suponía para el artista llegar a reproducir la anatomía humana en las posiciones y actitudes más difíciles. Allí están los santos en mitad de un martirio, los dioses inalcanzables sujetos a exigencias físicas más allá de lo convencional, o esos rostros plagados de lunares y úlceras. Por supuesto, la exposición también plantea un tema que siempre se ha discutido alrededor de Ribera: su inclinación por reproducir en dibujos o pinturas aspectos tan sórdidos como la tortura, el martirio y las ejecuciones. 
Explica el curador en un comunicado a la prensa: “Ninguno de estos dibujos fue hecho con la intención de incluir las figuras en sus pinturas, ni para convertirlos en grabados. Tampoco se percibe en ellos un juicio ético ni un contenido moralizante. Simplemente parecen tomados desde una curiosidad objetiva, como si con ellos estuviese componiendo un auténtico reportaje visual del acontecimiento. Otros en cambio, son dibujos de fantasía en los que el pintor inventa terribles escenas de castigo y de horror que parecen reflejar una curiosidad morbosa por la violencia física”. (El Comercio)
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