N O T I C I A S:

Marco Aurelio Denegri escribe sobre la belleza de las manos

martes, 14 de febrero de 2017

Según Emil Ludwig, los dictadores tienen bellas manos; las tenía Stalin, por ejemplo. Y añade Ludwig haber descubierto este rasgo, no ocasionalmente, sino siempre. 
En el caso de la mujer, la belleza manual no se compadece con la del cuerpo. Compruébese ello fijando la atención en las manos de las modelos que lucen sus encantos en revistas como Playboy y Penthouse. Tienen, generalmente, manos feas.
Entre los sukanos, de Africa, que viven en los confines de Abisinia, los jefes llevan brazaletes tan ceñidos, que llegan a inutilizarse las manos. Inutilización que les confiere distinción y dominio. Dominan, en efecto, a quienes tienen las manos normales o sólo parcialmente inutilizadas.
Un jefe sukano cuyas manos sean tan inútiles que ya no le sirvan ni para llevarse la comida a la boca, adquiere enorme principalía. Las mujeres de estos jefes, que hacen el trabajo que ellos ya no pueden, se sienten orgullosísimas de que las manos de sus consortes desirvan.
Ahora bien: desde el punto de vista biológico, todo esto pertenece al campo de lo anormal, al terreno del desorden; pero desde el punto de vista social, la anormalidad y el desorden pueden dar a los hombres, si la cultura lo determina así, gran realce e inusual valía.
En el siglo XVIII, en Inglaterra, según información constante en el libro de Stuart Mason, Salud y Hormonas, tener un bocio discreto llegó a considerarse algo esencial para la estética del individuo. Lucir, pues, abultado el cuello, por tumoración del cuerpo tiroides, no repugnaba; antes bien, era atractivo y de buen tono, era fashionable.
AGRIPINA
Vocablo de origen griego y propio de la jerga médica; significa insomnio, esto es, dificultad muy grande o imposibilidad de conciliar el sueño; no ser capaz uno de dormir. Este desvelo anormal, este insomnio pertinaz se llama agripnia.
Ha habido insomnes célebres, agrípnicos famosos; verbigracia, el filósofo alemán Max Scheler (1874-1928), hombre de riquísima vida interior y que vivía en constante irradiación de ideas, hasta que de pronto, inopinadamente, dejó de irradiarlas y saludó al mundo, como decían los chinos de antes para denotar el fallecimiento. José Ortega y Gasset, comentando la muerte de Scheler, dijo: “Mi grande amigo Max Scheler se murió el otro día de no poder dormir.” (El Comercio)
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