N O T I C I A S:

Obra de Yuyachkani cumple 35 años sobre las tablas

domingo, 12 de febrero de 2017

El cuerno andino caracolea en soplo directo. Suelta su voz. Brama. Preside el ritual. Organiza el tránsito de una orquesta especialmente diseñada para colorear las tres regiones naturales de una nación a partir de cuatro animales que evolucionan en escena. El bronco sonido del pututo desciende desde las cumbres de algún apu mayor, se enlaza con un huayno altiplánico, con el cascabeleo de una danza selvática, con el diapasón de una guitarra criolla que reverbera y conecta con landó para el remate con una chicha pletórica en redobles de tinya, charango y acordeón.
Una estampa única de interpretación comunitaria. Gimen las bocinas de caña y flotan las polleras. El espectáculo emerge de la madre tierra e inunda todos los sentidos. Tradiciones inmemoriales que se transmiten a partir de una gallina afroperuana (Plumosa), una gata selvática (Michicha), un perro de la costa norte (El Chusco) y un rucio altiplánico (El Burro), cada cual con cuatro décadas de viaje en sus alforjas. La conmovedora metáfora de un Perú múltiple en el que, suprimidas las diferencias, flamea una sola bandera. Dinámica, festiva, inteligente. 
PEDERNAL Y TERNURA
“Veníamos de una gira de tres meses por Europa y con ‘Los músicos ambulantes’ decidimos profesionalizarnos, si por profesión se entiende la dedicación exclusiva al teatro. En realidad, fue una apuesta utilitaria. Escogimos una obra ligerita que nos permita parar la olla. Pero nunca imaginamos que esta obra –modesta, sencilla, nada pretenciosa– sería la que más nos enseñe del Perú profundo, del teatro y de nuestra relación con el público. Hacerla durante tantos años es un sentimiento extraño porque la naturaleza del teatro es efímera, pero el espectador la hizo suya y acá seguimos”, dice Miguel Rubio, director del insigne colectivo nacional. 
Hace una pausa y recuerda el día de su estreno en el kilómetro 11 de Comas. Era 1982, el terror azotaba Lima, pero los ‘yuyas’ estaban en lo suyo: “Los músicos ambulantes” empezaron su viaje frente a un grupo de niños, que la vieron muertos de miedo. “Entonces nos dimos cuenta de que no era infantil y fuimos afinando la obra con el público. El grupo empezó a interactuar con el espectador, que terminó por identificarse con cada animal. Las obras que montamos después son más oscuras, no tienen la ternura de ‘Los músicos’. Pero nunca dejamos de presentarlo y con los mismos actores que la crearon. Eso no tiene precedentes”. (El Comercio)
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