N O T I C I A S:

OPINIÓN. ¿Muchos sabían que Toledo era corrupto?, por F. Rospigliosi

sábado, 18 de febrero de 2017

¿Muchos sabían que Toledo era corrupto?, por F. Rospigliosi
A juzgar por lo que se lee y escucha en los últimos días, estaba claro desde el comienzo que Alejandro Toledo se embolsaría millones robados al pueblo peruano.
Los argumentos son coincidentes: el entonces candidato era señalado como juerguero, mujeriego y se le acusaba de no reconocer a una hija. Por tanto, deducen, era obvio que robaría. ¿Cómo no se dieron cuenta?
Quienes sostienen esa teoría no se han parado a reflexionar sobre el hecho de que ciertas características personales no definen la honestidad o no de un político que alcanza un cargo público. Alberto Fujimori no tenía las mismas peculiaridades que Toledo y encabezó un gobierno paradigmáticamente deshonesto. Él ya está condenado por corrupción. Ollanta Humala tampoco tenía rasgos similares a los de Toledo y todo indica que fue tan corrupto como los anteriores. De Alan García ni qué decir, pudo regresar al Perú y postular a la presidencia –y luego convertirse nuevamente en gobernante– solo porque la acusación por enriquecimiento ilícito y otros delitos prescribieron.
Por no mencionar el ejemplo clásico, el líder que no fumaba, era abstemio, vegetariano y casi asexuado, Adolfo Hitler, uno de los peores monstruos que ha conocido la humanidad, que encabezó un régimen totalitario y corrupto desde la cima a la base. Hitler, como los dictadores de su especie, no disponía de una fortuna personal porque era dueño de todos los bienes de Alemania, y los disfrutaba: se construía palacios, fomentaba la corrupción de sus subordinados y distribuía personalmente cuantiosos sobornos en efectivo a militares y funcionarios para mantener su lealtad.
También, de acuerdo con la hipótesis descrita más arriba, no sería factible que un refinado intelectual y empresario, que estudió en Oxford y Princeton, con una fortuna considerable y que interpreta espléndidamente a Mozart en flauta y piano, sea corrupto. Pero muchos de los que sostienen lo primero también afirman lo segundo.
En realidad, el asunto no tiene nada que ver con que el personaje sea cholo o blanco, japonés o europeo, serrano o costeño, bebedor o abstemio, mujeriego o célibe. El punto es que la codicia y la ambición son inherentes a la naturaleza humana y si no existen los contrapesos y controles adecuados, la corrupción se desborda.
Eso lo sabían muy bien los padres fundadores de la democracia norteamericana que establecieron un sistema basado en esas ideas. “La ambición debe ponerse en juego para contrarrestar la ambición”, decía James Madison. “Si los hombres fueran ángeles el gobierno no sería necesario. Si los ángeles gobernaran a los hombres, saldrían sobrando lo mismo las contralorías externas que las internas del gobierno”. (A. Hamilton, J. Madison, y J. Jay, “El federalista”, FCE 1998).
Según David Epstein, la visión de Madison “se sustenta en la premisa que afirma que el poder corrompe; pero el hecho mismo del gobierno sugiere que los hombres son corruptos aunque no tengan poder”. (“La teoría política de ‘El federalista’”, GEL, 1988).
En suma, ellos partían de una visión realista de la naturaleza humana y establecieron un sistema de gobierno basado en el equilibrio de poderes –Ejecutivo, Legislativo y Judicial– para frenar el abuso de poder y la corrupción.
Como es obvio, eso no existe en el Perú. La única manera de salir del círculo vicioso en el que estamos desde siempre –si le creemos a Alfonso Quiroz, autor de “Historia de la corrupción en el Perú”– es establecer instituciones sólidas y honestas. Y en este caso, se trata en especial del sistema judicial, que debería de servir de contrapeso a los otros poderes e investigar y sancionar la corrupción.
El presidente Pedro Pablo Kuczynski prometió ocuparse del tema durante la campaña electoral, empezando por cambiar el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) que es el que nombra y sanciona a los jueces y fiscales, y que es tan malo como el resto del sistema judicial. Era una muy buena iniciativa. Pero cuando llegó al gobierno dijo que su propuesta “era solo una idea” y nunca más volvió a hablar del asunto.
Regresamos a lo mismo. A los políticos, de cualquier tendencia o ideología, no les interesa reformar la judicatura sino controlarla o por lo menos influirla, porque será la que eventualmente los investigue y juzgue. 
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