N O T I C I A S:

OPINIÓN. Marcelo Odebrecht y el fin del mundo, por Fernando Vivas

martes, 16 de mayo de 2017

Marcelo Odebrecht y el fin del mundo, por Fernando VivaS (Diario El Comercio)

Oí este chiste de humor negro: la constructora más grande del mundo está a punto de concluir su mayor obra. ¿Cuál será? Su propia tumba. El autor del lúgubre proyecto sería Marcelo Bahía Odebrecht, la cabeza de la que, en el 2010, fue elegida la mejor empresa familiar del mundo por el International Institute for Management Development (IMD), la célebre escuela de negocios de Suiza.

¿Por qué quien encarna la tercera generación de una gran empresa y quien ha sido responsable de llevarla a su mayor expansión global, y a sus mayores estándares de tecnología y sostenibilidad ambiental, es también quien termina por sepultar su reputación? En realidad, Marcelo Odebrecht no inventó las asociaciones corruptas entre el sector público y el sector privado en Brasil ni ha exportado lacras que no existieran antes en el Perú, Ecuador, Venezuela y la docena de países en las que sus ejecutivos confesaron en diciembre del 2016 a la justicia de Estados Unidos haber coimeado por US$ 788 millones.

Marcelo tomó la jefatura del grupo cuando tenía 41 años. No tomó la posta directamente de su padre Emilio, tal como este la había tomado del fundador Norberto, en 1991. Emilio había dejado su cargo en el 2002 para que lo asumiera un ejecutivo ajeno a la familia, Pedro Novis. Este le dio la posta a Marcelo recién en el 2009. Es probable que lo dejasen madurar unos años, para que estuviera en óptimas condiciones de asumir activos y pasivos.

Fue en su gestión que el grupo incursionó en el área de defensa, de producción de biocombustibles y de alta tecnología. También, ciertamente, se sofisticaron e ‘institucionalizaron’ sus malas prácticas, estableciéndose el área de Operaciones Estructuradas, sofisma para pago de propinas (coimas) a través de complejas triangulaciones con ‘offshores’.

Entonces, a Marcelo le tocó lo mejor y lo peor de Odebrecht, pero no inventó ni lo uno ni lo otro. Simplemente, acompañó el proceso, sin hacer algo eficaz o digno para prevenir el estallido del Caso Lava Jato. Por supuesto, el esquema que está a la base de ese escándalo -la práctica corrupta de una empresa privada que consigue jugosos contratos de obras públicas pagando coimas a los funcionarios de una empresa estatal como Petrobras y a los partidos políticos de turno en el Gobierno Central y en los gobiernos locales- debe haberse gestado mucho antes, durante la administración de su padre y quizá durante la de su abuelo. En la cronología que aún subsiste en el sitio web de Odebrecht, destaca este hito de 1953: la empresa, que aún no salía de Bahía, construyó el campamento para el oleoducto Catu Candeias, su primera obra para Petrobras. 

En el 2014, Marcelo Odebrecht hizo un alto para celebrar los 70 años del debut de la empresa en su natal Salvador. Y de paso celebró que en la mitad de ese tiempo el negocio ya se había internacionalizado. Su primera inversión fuera de Brasil, en 1979, fue la construcción de la hidroeléctrica Charcani V, inaugurada algunos años más tarde, durante el primer gobierno de Alan García. El Perú fue, por eso, muy significativo para Norberto, pero no para su hijo y su nieto, que llevaron los negocios a otros confines. De todos modos, cuando Marcelo fundó Odebrecht Latinvest, para centralizar inversiones en la región, decidió que la sede estuviera en Lima a cargo de Jorge Barata.

Ayer, el Perú ha vuelto a estar presente para el reo Odebrecht. El país al que visitó varias veces para afianzar negocios, para celebrar buenas pro de centrales hidroeléctricas, carreteras o gasoductos, estrechando manos de presidentes y ministros, no es muy distinto de otros por los que tuvo que hacer la misma gira. Y a todos han llegado la expectativa y los trascendidos de lo que se desclasificará el 1 de junio y se ha bautizado como “la delación del fin del mundo”. Pero antes de ese apocalipsis técnico, tenemos que procesar lo que le respondió al fiscal Germán Juárez. Veremos qué tan letales (o constructiva, según las consecuencias últimas) son su memoria o sus ganas de colaborar.
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